Sinceramente, Dulcinea de la Mancha, pasó. No arrepentido, «equivocado» puede.

Pura aldeana con deje al hablar y casi correcto escribir. Sentí largamente el enamoramiento. Entendí a Don Quijote en propio pellejo ¿Cómo pude enamorarme de «una belleza» tal? Ni una la podía ensombrecer por Gran Vía de Madrid. También, asevero imborrable, es de ratificar. Que, si volviera a ocurrir, ocurriría igual. Vertía seducción, aureola, cerco translúcido. Me desarmó automáticamente. Se sufrió.

Diosa era en mujer. Lo mejor de cada mujer en una sola. Hallaba manía de bella. Insólito felizmente. Ni besos mis labios a suyos se atrevieron. Tanto que, por donde pasamos no olvidaré, aunque nunca quise grabar dentro. El corazón descendió y, según se callejeaba, huella en pies. Fueron buenas horas en el flagelo o placer expiación de amor ¡Qué bella era! ¡Cuánto afortunado me hacía su compañía! ¡Cuánto olvido con ella! ¡Cómo el mundo se plegaba por existir ella!

Diva vestida dondequiera. Fresca. Vehementes cabellos. Gusto estudiado y encubierto. Candorosa. Recta apariencia atributiva. Poseía lechadas de belleza. Los ojos. Los labios. Caderas bien compuestas; enamoradizas ¿Un final? «Habría sido prohibitiva». Privilegiado ser, única en el globo terrestre. Tanto la busqué, después. Ciego de tajante reflexión sin verla. Parecían haberme guerreado todas las brújulas, cuando de mis ojos saltaban relojes contra reloj. Entré en iglesias, por si otra suerte me escoltaba con acierto a su encuentro. No bastaba pensarla horas, y horas al día, si la intuía. Era una situación mortal para el alma, amar al aire… abrazando la nada. Recorrí trozos anormales de morería preguntando su nombre y apellido donde la creí trabajar. Y «me moría»… El apelativo de la localidad venía a ser toda ella. La indagué en fechas sagradas, en puentes y confines de semana. Compré música vendida en el suelo, por donde hubimos caminado y hubiéremos juntos, por convenir atraer causa en la lucha. Intenté concordar, mismo sol, cielo, fecha, tras años, desde el mismo aire libre en que así, una de sus llamadas de teléfono, cuando seríamos devaneo sin futuro.

¿Quién condicionó exclusivo trípode? ¡Ojos, alma, corazón! Carambola chocándose ¡Ausencias, búsquedas, pensamientos! Resonancia de Dulcinea.

Debo ser noble, que Dulcinea empequeñeció. Se quitó atuendos. «Algo pasó». Menos perfecta. Ojos bonitos para mí, nariz algo más larga después de haberme parecido tan mona. Labios bonitos. Dientes de sutil mandíbula caballar. Pero, ¿cómo la pude ver tan guapa, preciosa, tan excelsa? Sí, la cara es principal, para mí. Que tenía provechosas curvas, también. Una pueblerina que llamó la atención. Que me enamoró, como lo que era ¡He tardado un decenio en espabilar! Fecha sin marcar, cuando nos volvimos a ver por tercera o cuarta vez, ni cómo iba vestida. En cambio, sí todo, en la primera vez, ropa, adornos, y días en que nos conocimos. Recapitulando… Mi atrayente Dulcinea de la Mancha volvió a ser imperfecta. Sin edén ella. Sin translúcida diadema. El nombre de la ciudad, visiblemente competido con alguna otra, ya. El contexto, un cuento real: Toledo.

Acaso, ¿disminuye aquel presente y el lugar, ahora? Si no tiene deidad, ella. Es Dulcinea. Pueblerina. Fue Planeta o todo llanura. Exquisita. 1 mujer más. Moza patán. Paleta. Mi Dulcinea, maja, mágica. Dama ciudadrealeña. Amada.