Vives el amor. Ese sentimiento difícil, emocionante, diversificado en definiciones, no inventado e inventado a la vez, invisible.

Los grados de intensidad y sus variopintos epicentros en transcursos de vida. Pudiendo amar más cuando se pudo menos o cuando menos no fue así. O con la puerta abierta no se entró por ella o no nos asomamos a la intemperie del puro amor en la mujer o el hombre.

Inolvidable mujer que, día a día, inclinaba veneración a la cara de su sentimiento al amor del hombre. Y hombre que no la correspondía.

Algún hombre que, día por día, esperaba una mujer, la miraba, sin voz, la amaba; y alguna sin corresponderle.

Sin saber porqué, ambos casos ¿Bloqueo? ¿Demasiado a la vista o delatada entrega? ¿Temor, silencio o falta de un sí descarado o tímido? Sentimentalismos individuales volados, «vías» ya «sin vagones», lugares vueltos de piedra cuando eran de piedra rodeada de latidos acelerados sin mirar a los ojos desde la primera y penúltima o última vez.

Amor puro como corriente de puertas abiertas en garantía de secreto inolvidable. Que se volvería inolvidable habiendo nacido inolvidable. Y que tiempos después, abarca presente inolvidable. Que lo inolvidable permanece en un fondo inolvidable. Se poseen permanencias, olvidos pero, una y unos tras otros, la favorita inolvidable delante. Esa que se llama a sí misma gran verdad, junto a otras más pequeñas.

Esa mujer. Ese hombre. Aquella temporada, día y días o aquel momento único latente, al paso sin dar, cuando se dio no sucedió.

El amor es sencillo, es animal de sencillo que es, instintivo, sin comparación. El idioma del sí, de la aceptación con la aceptación, del lado bueno con el bueno, de la entrega partida sin crujir, de un silencio abrazado en ocho, de un beso sin labios, de un amor sin envejecer la imaginación, de una cara de la que vierte lo inolvidable: llámese un sí sin salir de unos labios que tampoco besaron; inolvidable ser amado.