Me dan risa sus deseos, su amasijo de mentiras, su orgasmo sin nacer, su acierto dentro de la equivocación, su sed de amor, sus palabras irreales cumplidas de incumplirse; su sucia intimidad con su cara lavada; sus mejillas jorobándose al reír, su pelo sin teñir; algunas arrugas que le salen cuando se hace la graciosa. Su corazón cerrado de orgullo y daño, su escote cerrado como formal mujer, sus posturas desquiciadas de erotismo; su exacta ropa y no más.

Su alimento femenino del cual se compone, su sencillez de pies y sin una sola joya colgando; su auténtica espera a un enamoramiento revolucionario que estalle en sus caricias adolescentes cuando mira desde la paciencia.

Desnuda serás una mujer cualquiera. Quiero verte como las demás. Aunque las demás estén lucidas de curvas con delgadez o gordura. Verte con un tacón; con una pintura; con un súper vestido. Quiero verte con tu pantalón corto de casa, con tu camiseta oscura de tiras, con ese tono en el cual conjuntas simple ropa.

Parte, del verano en tu piel, libre. Otras zonas níveas, blancas, tapadas por un bañador de dos piezas. Sin tus ropas tampoco consigue, quitarse peso, mi arrobo sentimental, igualarte a las demás.

Intento verle fallos físicos, pero cada yerro me parece tino. Le miro pensando: «Es normal, nada guapa, con alguna forma perdida, descuidada, y también, exigente, inconformista, embarazosa». Tal vez demasiado mujer pero eso me gusta. Y sabe que, por encima de esa observación, está hacia ella, la autenticidad de mis ojos. Que sé, pende y le desasosiega, su dulce galbana, las veces lo reitera: «¡Haz que me crezca la panza en semanas… sin indiferencias, amor que emanas!».