El era de pequeño a lo grande. Y algo a mayor será. Semilla de amor. El amando, deslizando la alucinación, sin cortes o intermedios de materia gris pensante sino de tirón difuminado largo, alto y ancho el sentimiento. Así hasta granjearse mujer para inventos de ternura.

No sabía mujer a la cual se lo propondría. Algo digno con las consecuencias de adorarse, digno para amarse, cuidarse. Amante, de la Naturaleza, la mujer, la procreación, la belleza, de orar el amor feliz. Debía llevarlo a la acción. No bastaba ilusionarse sino la observación real. Sabía, eran tiempos rápidos, de no tener tiempo, trabajar mucho, mantener la rutina por el bien suyo de no complicarse la vida, y sobre todo el empeño efectivo de contemplar lo verdadero. «Colocar una semilla de diferente forma e igual destino». Imprescindible la mujer implicada, audaz, de amor diario, a ilusionarse, a cultivarse. Poco, muy sencillo, algo de sumo cuidado. -Omitiré la generalidad de cada día sin obviar su rumbo, su gran amor-. Que, de la nada, de lo mínimo, se genere un principio cierto, creciente, cuidado de más amor.

El tenía amigas, sin preocupar fuesen vírgenes o no, sí de verdadero corazón por oculto que fuera. Conocía mujeres pero tenía que proclamar una. No importaba; ella fuera divorciada, viuda, célibe o puta. Importaba su amor puro; herido o no, abandonado o no, enfrentado o no. Con un corto trato podía saber si reunía las condiciones necesarias para amar francamente, quince días o tres semanas; fácil. Un café o té de hostelería, conversación con ración a los ojos, valían para darse cuenta a cual de ellas se lo sugeriría. Ese algo, ese período de compartir, como amigos o pareja, semilla de amor destinada con anhelo, la confianza y cuidado de dos.

Cierto, que la mujer es fuente, da vida. Sin ella «no hay huevo ni gallina», no hay vida, no hay tierra, agua. Y, hubiera semilla, sin ella no germina. Entonces, él pensó! Y propuso a su preferida, el siguiente designio: «Desearía seamos felices dos semanas o tres largas» ¿A ver, explica? ¡Una semilla de planta o flor que te guste, que ames… de verdad, dime!, que cuidarías toda la vida, y fuera nuestra. Como si de un hijo se tratara. Ella… contesta ya dentro de armonía perfecta con él, el nombre de la semilla. -Conversan, sonríen, bajo una capacidad de sensibilidad indescriptible-. Se notaba en él arraigo a la vida, a la defensa de lo tierno. En ella, desde la vida y lo tierno, arraigo a lo especial en secreto.

Proyecto; sin ser ingenieros, arquitectos, médicos, biólogos, estaba a punto de comenzar. Ella seleccionó la semilla; él de acuerdo. Eligieron el comienzo el primer día de mes hasta el tiempo que durasen quince días o tres semanas (…). Ya, en ropa interior, los dos, en acción vestigios la habitación. Frente a frente, la acarició, de manos, por glúteos hasta parte posterior de la pierna; y le arrastraba lentamente las bragas al parqué; quedando éstas elásticas, con dos huecos torcidos, enroscadas. Y sentada ella sobre sábanas muy blancas de la cama, se arrinconó hacia la luz de la bombilla de la mesilla; remontó bien atrás sus nalgas y la luz se enfocaba así sólo entre sus piernas. De rodillas él, tomó la semilla -de campo o herbolario- con un par de dedos de peligro se la implantó, en medio de sus delgadas piernas entre los labios gordos de la vulva, con tino, como quien hurga la pared de un ratón o enhebra una aguja. Asegurándose y exclamando, ¡molesta ahí! Brazo y codo estirados, índice y corazón tanteando, ella replica:»¡Ahí, ahí… está bien!, ¡no molesta, fácil poner y quitar!». -Abierta y graciosamente sonrieron sin mirarse-.

Originaría una templada, húmeda, tórrida radícula hasta devenirse raíz. Quince días o tres semanas o lo que dure, de secreto universal para dos. Mucho mimo, paciencia, ilusión, y observación de ella para anunciárselo a él o sorprender cualquier día en adelante. Como si de un embarazo batracio, se tratara. Mucho amor y cuidado. Esperanza conseguirlo. Conllevando también pequeña cuenta atrás por encontrar tierra, jarrón o jardinera, mientras saliera cepa o rabillo a la semilla. Lo que tardara luego dentro, entre rojas frescas rosas carnes, germinar futura poderosa planta y/o flor sobre el resto única.

Cierto que todo el mundo no hace todo igual. Muchas cosas sí…, tener hijos o no, plantar simiente o no, poner lentejas a remojo o no. Y, nacida, alguien fisgón o fisgona un día la ve… y ¿Esto! ¿Qué bonita flor! ¿Dónde la has comprado? ¿Cómo así esta planta? Floricultora ella y floricultor él, reconociendo aquel grano pequeño de gran amor ¡Prosperidad!! -silban-.