Dormitorio, de fresa cereza, pigmentado. Cítrica luminiscencia anaranjada… fulgurando de ardorosa lámpara. Visillos mulatos y una cama cenicienta pidiendo en blanco y negro gran quehacer (por no decir otra trastada). Casa amiga, fulana íntima. Mujer de ensueño una vez en la vida para visita de monarca o gobernante Aladino.

Su belleza era muy justa. Poder, sin encontrar porqué, sus canas. Su origen cabello blanco con tres veces menos la edad de una octogenaria. Un cuarto de siglo en plena pompa. Sin pintar. Rara pero acertada. Le gustaba ir de vieja, vestirse con tallas superiores a la suya. Ya digo, que extravagante. Chula y silenciosa. Dialogaba con caricias ¿Quién le iba a responder mal entonces? Bienhechora.

Mirabas su cara y se tonificaba algodón dulce por abrazarse a ella y aliviar sequía de heridas sucumbidas. Coexistía como una viuda de gnomo. Blancanieves, una pija de su quinta a su costado ¡Indolente! ¡Tolerante!

Nos sentamos en la cama y conversábamos incógnitas, memeces, gracias filosóficas. Amaba el escuchar, reclinando una rampa de pelo blanco. Nunca hubiera sido lo mismo por teléfono ¿Había sentimiento? Lo que había, eran urgidas ganas de estar a gusto, juntos, de correr el tiempo solos. Ella no hubiera aceptado una encantadora fibra óptica ni fotografías. Yo respiraba más la paciencia. Por teléfono, me hubiese dejado hablando contra la pared, fracasando mi persona, el roce y remota la intimidad. Luego, eludí el destierro, la carencia hostigada, y nos encontramos…

¡Lástima no estuviéramos en Walt Disney Pictures! Aunque una vez dentro de la morada, pueblo o ciudad no importa. Estábamos como Mickey Mouse y Minnie e igualmente en Marte que en Venus ¡Con las pintas que tenía ella!, el año Mil por animarse. A mí la ropa lo que significa menos, sí su comportamiento. Tierno, recto, suficiente; no fingido. Esto vale más que «1ª Belle Epoque».

Filosofando se enamoraba ella, cuando no sabía qué contestar. Su maldad, residía ahí, a pie juntillas: ¡regocijo! Lo que no me complacía era engañarla. No podía abaratar su valor. Me asfixiaba ser un cuentista. Es decir, no ser yo ¿Por qué hacerlo con ella?

Se alumbró una segunda luz, encarnada desde el chaflán de la habitación y, de espaldas, se delató desvistiéndose…

Y yo presente sobre el lecho de afecto y antiniebla. Parecía observar «un país diferente al continente en que pertenecía» ¿Cómo podía ocultar esa moldura de carne y hueso? Me volví de piedra, como si ella estuviera dando a luz de frente. Prosiguió… dobló sus prendas y se vino hacia mí ¿Guay! ¡Oh! ¡Uh? Luces se apagaron. Como corte de suministro por rayos y truenos. Empezaron a no jugar conmigo complicaciones aturulladas mías. Y, los efectos de su compañía, se producían…

Se sentó encima de mí, como un guante de cálida brisa tisú. (El no va más). Quería reincidiera más veces ¡Y sí que reincidió! Y todas iguales ¡Bailaba! No necesitaba superarse. «Trabajaba» excelso. Plusmarca. Descuidé poseer cinco dedos en cada mano. En cambio, el más gordo, primoroso ¿Parar el reloj? ¡sí…! (No la sensación con que «me blandía el sable»). Lo describiría: …un orificio calentito rociado… ¡Bienvenido espacio invidente! Que su vapor penetraba de Universo y se venía…, ¡…una y otra vez…!, al falo, en armonía.

La besé, me besó; nos besamos. Dibujos animados semejábamos. Crepuscular entretanto su habitación, de sus poderosos rasos cabellos blancos, se hizo descolorar, encaneció. Y forzándome a eyacular… … el orgasmo… ¡El orgasmo (…) sobrevino! Desapareció…