Los cinco sentidos del hombre y la mujer se sabe cuales son pero, casi siempre, se olvida uno o dos. Voy a enumerar: vista, oído, tacto, gusto, olfato. Siempre creí en la máxima; la naturalidad ¿Y, cuál de ellos, el preferido? Creo, la vista. Contemplar a través de los ojos, y entender. No sólo es ver o mirar sino interpretar. La imaginación o los sueños se proveen de grandes ojos pero, gusta entender, incluso durmiendo o imaginando. Por ejemplo, ahora, a través de recordar «he visto un mar con un velero, azul el cielo, horizonte, y sobre todo sabía que había oxígeno, aire, brisa».

Después creo el gusto porque, crecemos, nos alimentamos y «cada fruto» tiene un sabor que procede de sí mismo. Contemplamos, saboreamos.

Entre el tacto y el oído tengo medias dudas. El tacto es más carnal y el oído más espiritual. Supongamos, un cuerpo humano por acariciar o una música por escuchar.

El olfato no es tan humano sino más animal, aunque da muchas pistas inconscientemente para poder moverse por la vida, intuir, y agradar demás sentidos. Para mí, es el que apasiona. Tal vez, porque doy por hecho que los demás sentidos están en uso, el extraordinario es el olfato. Si cerramos los ojos, podemos probar olores y conocer su origen o qué es. También, muy carnal el olfato, como el tacto.

Entonces, en la distancia, entre dos personas, principalmente la vista funciona; imaginas, sueñas, piensas y, se juzga de valor, ver… desear.

Pero no puedes, sacar sabor a lo visto, ni succionarlo, usar la lengua. Con lo cual, en la distancia, sirve poco o nada, el gusto. El tacto tampoco lo puedes utilizar en la distancia con la otra persona; pero, sí el oído, puedes escucharla, comunicarte. En este caso, prevalecería el oído frente al tacto. Al olfato le ocurre similar al tacto, no puedes oler con la distancia. Sólo se puede oler lo que se tiene cerca de la nariz, por muy apasionado que sea el olfato.

Deducción: la distancia cercena o anula todos los sentidos, salvo la vista y el oído. Entonces, el tacto, el gusto, el olfato, quedan aislados o desatendidos. Tal vez, el que más sufre es el tacto, por la caricia, la presencia, compartir pieles. La vista y el oído impacientan un tacto imposibilitado, y éste les demanda progresar, pero ellos tampoco pueden «la omnipresencia». Tanto que, esa compleja aparente impotencia podría penetrar, contra la distancia y realidad, en el crucero de «hacerse tocar». Aparte, depende lo que cada persona absorba y guarde de destreza consigo en olfatos, gustos, tactos; para que estos se revelen imprescindibles y acuciantes de acercar por saciar.

Cuando amas, escuchas, apetece oler… tocar… ver, mirar e incluso catar. Habría que apurarse, ¿cuándo comenzó el amor o el enamoramiento en la distancia? antes o después de verse. Creo después de verse pero, suele sembrarse antes, con mucho corazón y alma. De hecho, la imperfección no se anticipa, a pesar de que exista en una persona u otra de principio. Por eso, amar en la distancia sin gran motivo, puede ocurrir, si inmediatamente se muestran particularidades puras que sólo el amor o lo infinitamente desinteresado es capaz de presentar. Así, luego amar más perdida y locamente, sin saber cuándo que fuere que empezó.